En un paraje despejado, apenas sugerido, el santo jesuita, vestido con sotano y sobrepelliz y empuñando un crucifijo en su mano izquierda, bautiza a varios indios, que se arrodillan ante él, ilustrando la labor evangelizadora del misionero navarro, que convirtió a verdaderas legiones de paganos durante sus estancias en Japón e India.